Nuevas pistas para tratar el Alzheimer

Los tsimanes, un pueblo indígena boliviano que vive como lo ha hecho durante miles de años, cazando y recolectando alimentos, poseen las arterias más limpias que cualquier población que jamás se ha estudiado, lo que significa que podrían ser inmunes a las enfermedades cardíacas.

Y Ben Trumble, un antropólogo que se especializa en las enfermedades evolutivas, encontró otra cosa impactante cuando examinó los datos sobre los tsimanes: muchos de los que tienen el gen ApoE4, a menudo llamado el gen del Alzheimer, se desempeñaron mejor en las pruebas cognitivas.

Reflexionó sobre esto de regreso en su laboratorio de la Universidad Estatal de Arizona. Acababa de volver de otro viaje a los asentamientos de los tsimanes y una parte de Bolivia lo había acompañado de regreso: una infección intestinal por bacterias campylobacter y dos especies desagradables del E. coli.

“Tener infecciones parasitarias me dio perspectiva”, señaló.

Al menos el 70 por ciento de los tsimanes está infectado con parásitos en algún momento dado. Trumble empezó a preguntarse: ¿podrían estas infecciones cambiar la manera en que los genes afectan nuestros cuerpos?

Quizá el gen ApoE4 proporcionaba una ventaja para la supervivencia en los ambientes de la antigüedad.

Hoy sólo alrededor del 25 por ciento de las personas tiene una sola copia del gen ApoE4, y sólo unas 2 en cada 100 llevan una doble dosis, lo que hace 10 veces más probable que desarrollen la forma de inicio tardío de la enfermedad. Pero el análisis del ADN de huesos de la antigüedad muestra que hace miles de años, el genotipo ApoE4 era ubicuo en los humanos.

El gen —que ayuda a generar colesterol— podría haber sido un paso crucial en el desarrollo de nuestros cerebros grandes y hambrientos de energía, y podría haber desempeñado un papel crucial a la hora de defender esos cerebros de los invasores patógenos.

Trumble entonces examinó los datos sobre la salud cognitiva de todos los voluntarios tsimanes que habían dado positivo para parásitos. En efecto, encontró que los tsimanes con infecciones tenían mayores probabilidades de mantener su salud mental si llevaban una o dos copias del gen ApoE4; para ellos, el “gen del Alzheimer” proporcionaba una ventaja. Sin embargo, para la minoría que había logrado eludir la infección parasitaria lo contrario era cierto y el gen ApoE4 estaba conectado con el declive cognitivo, al igual ques personas en los países industrializados.

“Los humanos coevolucionaron con un número de parásitos diferentes, pero hoy, en nuestra vida urbana sedentaria, hemos eliminado esos parásitos de la mezcla”, expresó Trumble. Esto podría ser lo que transformó el gen de una ventaja en una desventaja.

Da la casualidad que estos hallazgos encajan con algunas investigaciones nuevas en laboratorios universitarios. En estudios publicados en 2016 y 2017, los científicos abordaron a la demencia de una manera nueva, no sólo como una enfermedad que resulta de la descomposición gradual de nuestras células, sino como un trastorno en que el cerebro se vuelve contra sí mismo.

Changiz Geula, profesor de neurociencias de la Universidad Northwestern, en Evanston, Illinois, escubrió que algunas personas que mueren después de los 90 años con mentes agudas tienen el cerebro repleto de la placa asociada con la patología del Alzheimer. Eso significa que es posible tener un “cerebro de Alzheimer”, pero sin demencia. Geula cree que en casos como éstos, algún actor en el cerebro —llámelo lo contrario del Alzheimer— protege a las neuronas del daño.

Podrían ser los astrocitos, unas células que apoyan las neuronas y las sinapsis, manteniéndolas saludables incluso en la presencia de placas y marañas. En un artículo de 2017 en la revista Nature, unos investigadores de la Universidad de Stanford, en California, describieron cómo estas células usualmente pacíficas pueden dar un giro de 180 grados para entrar en una “modalidad letal”, convirtiéndose en asesinas que arrojan toxinas y destruyen las mismas células que alguna vez cuidaban.

De acuerdo con Shane Liddlelow, uno de los autores del artículo, esta personalidad “Jekyll y Hyde” de los astrocitos probablemente se desarrolló hace miles de años para ahuyentar las infecciones que invadían los cerebros de nuestros ancestros. A la primera señal de problemas, los astrocitos se lanzan al ataque, destruyendo todo en su camino, incluyendo a veces el tejido cerebral saludable.

Hoy, ya que la mayoría de las personas vive en ambientes más estériles, este ejército del cerebro ya no está ocupado combatiendo patógenos, así que en lugar de eso responde a las placas amiloides y las marañas que son parte del envejecimiento normal.

“En todas las reuniones científicas a las que asisto, todo el mundo habla de esta pregunta: ¿por qué algunas personas con muchas placas amiloides —personas que, según nuestros modelos, deberían padecer Alzheimer— están protegidas contra esta respuesta inmunológica desenfrenada?”, dijo Liddlelow. “Creo que la respuesta vendrá de observar las células inmunológicas de humanos alrededor del mundo que viven en diferentes ambientes”.

Liddlelow afirmó que la hipótesis de que el gen ApoE4 evolucionó para proteger nuestros cerebros de los efectos de la infección parasitaria tiene sentido. “Para nuestros ancestros, un gen ApoE4 podría haber sido benéfico”, expresó, en parte porque habría ayudado a los astrocitos a ir al ataque.

Liddlelow cree que este nuevo enfoque llevará a “la producción rápida de tratamientos efectivos”.

Trumble se enteró recientemente de que porta una copia del gen ApoE4. Para la mayoría de las personas en las sociedades desarrolladas, eso significa un riesgo más alto de padecer mal de Alzheimer. Pero Trumble pasa meses cada año durmiendo en una tienda de campaña, comiendo carne de animales salvajes y bebiendo agua de ríos. ¿Podrían sus infecciones inocularlo contra daños en su cerebro?

“No lo sé”, dijo. “Definitivamente no voy a salir corriendo para infectarme con más parásitos, puesto que la ciencia aún no llegó a ese punto” para mostrar que estas infecciones podrían usarse como tratamiento. Pero, dijo, “definitivamente espero, antes de llegar a los 80 años, que podamos entender el mecanismo” detrás de una terapia patógena.

Eso podría significar un medicamento que imite los efectos de un parásito sin incurrir en el daño de una infección.

Si los tsimanes poseen la clave de una cura, Trumble y sus colegas no tienen tiempo qué perder.

Los teléfonos celulares, los alimentos enlatados y otros artefactos de la vida moderna están infiltrando las comunidades tsimane.

“Esta podría ser nuestra última oportunidad para entender si las condiciones crónicas del envejecimiento como el Alzheimer y las enfermedades cardiovasculares siempre impactaron a la humanidad, o si están conectadas con la industrialización”, aseveró Trumble.




Pagan Kennedy es autora de “Inventology: How We Dream Up Things That Change the World” y una editorialista colaboradora.


© IUCS

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